Día de Descanso

Por Cindy Schlosser

Sonó mi teléfono el sábado a las 5:45 de la mañana, despertándome en mi día de descanso de esta semana. Tuve la tentación de no contestarlo y volverme a dormir, pero gracias a Dios que lo contesté por ser quien era las personas que me llamaban. Eran dos huéspedes anteriores de la Casa Anunciación, unos hermanos de Gómez Palacio, Durango, México, de 25 y 26 años que habían sido detenidos por la “migra” el viernes por la mañana mientras esperaban con dos amigos, también previos huéspedes, a que llegara el patrón. Estaban en el estacionamiento de Kentucky Fried Chicken. Esta era una situación común.

Porque eran de México fueron llevados al otro lado de la frontera, a Juárez, dejándoles libres allí. Hubieran podido cruzar otra vez y estar en El Paso ese mismo día. Si hubieran sido de Centroamérica, hubiera sido algo diferente.

Los hermanos me llamaban para ver si les podía hacer “un favorzote”. Su compañero y una mujer, madre soltera, que estaba quedándose con ellos hasta que pudiera seguir adelante, estaban en El Paso en un apartamento de donde todos pensaban salir el martes. Acababan de pagar $200 dólares, todo el dinero que tenían, como depósito por un apartamento nuevo y más asequible. Los hermanos ahora estaban lejos de sus amigos, no tenían dinero, no tenían manera de cruzar la frontera para hacer el cambio de llaves del apartamento, y no tenían la oportunidad de recoger su ropa o sus artículos personales, de planear, o de hablar.

Así es que me subí a la bicicleta, llegué al puente en la Calle El Paso, pague .35 centavos y cruce a Juárez a ver a los hermanos. Sus ojos estaban hinchados por falta de sueño y tomaban café. Habían decidido irse a Gómez Palacio a pasar la Navidad y las fiestas con sus familias y regresar en enero para volver a trabajar. Me dieron las llaves del nuevo apartamento y varios mensajes para su compañero, y me pidieron unos artículos personales y un cambio de ropa para darse un baño.

Me volví a subir en la bicicleta y en 20 minutos estaba en los EE. UU., hablando con su compañero para ver que iban a hacer. Arreglamos lo del departamento – hubo un cambio de llaves y se les va a regresar el depósito el lunes. Volví a Juárez por última vez a llevarles el cargador para el celular, ropa y artículos personales para que salieran en camino. Era como siempre una despedida triste, incluso sabiendo que de seguro los iba a volver a ver en enero.

A las 11:30 A. M. ya estaba libre para hacer lo que quisiera – era mi día libre. Me subí en el camión y fui a El Corralón, el centro de detención de la Patrulla Fronteriza, donde dos de nuestros previos huéspedes, hondureños, ambos de 23 años, se encontraban detenidos hasta que los regresaran a su pueblo. Nadie sabe cuando va a pasar eso.

Cuando vi a Armando por el cristal de la ventana, me emocioné. Hacía un mes y medio que la migra lo agarró al bajarse de la camioneta del patrón después de un día de trabajo. Se sonrió cuando me vio. Agarró el teléfono y me dijo: “Cuando me dijeron que tenía visita, les pedí que chequearan el número de identificación dos veces para estar seguro que yo era el que querían. Nunca he tenido un visitante.” Le di la dirección y el número de teléfono de la Casa Anunciación para que le mandara mensajes al compañero con quien vino de Honduras. Me dijo que está entusiasmado de volver a casa y ver a su esposa y a sus dos niños, uno que había nacido el jueves pasado. Después de pedirme que llevara algunos mensajes, nos indicaron que se había vencido el tiempo de visita. Con otra sonrisa, me dejó diciendo, “Que Dios te bendiga.”

Después de dejar el corralón me fui a visitar al señor y a la madre soltera en el apartamento. Veía la desesperación en sus caras. Los eventos del día los habían agotado de toda energía. Esta nueva situación solo agravaba sus preocupaciones, muy numerosas y complicadas para explicarlas aquí. Sentado allí, hablando con ellos, me llegó una tristeza absoluta por su situación y por el hecho de que esto es muy común para tantas personas, especialmente para familias aquí en la frontera.

Mi tristeza se volvía en frustración cuanto más estaba con ellos y pensaba en eso. Esta línea estúpida entre dos naciones no es solo un muro protegiendo nuestra “seguridad nacional.” Es una pared que divide culturas, separa a amigos y rompe familias. Diariamente veo como esta pared causa cambios en la Casa Anunciación, y se me rompe el corazón. Pero viéndolo a través de los ojos de este señor y de esta mujer sentados en un apartamento vacío con cobijas en el piso por camas, me dio un sentimiento nuevo – un sentimiento de tristeza, coraje, frustración total, e impotencia.

Después de un poco de tiempo, con nuestros ojos casi cerrados de sueño, decidimos dar esta noche por terminada. Caminé a la Casa Anunciación donde los huéspedes estaban sentados en la sala viendo televisión. Me saludaron con sonrisas diciendo,” ¿Dónde andabas, Cindy?”. “Visitando a amigos,” les contesté. No hay razón para explicarles mis frustraciones; ellos tienen sus propias preocupaciones – aunque no se sabe por sus caras que siempre sonríen.

Me han enseñado a encontrar esperanza y gozo en medio de mis luchas. Reflexiono sobre esto y les devuelvo la sonrisa.

Cindy Schlosser ha estado como voluntaria en la Casa Anunciación desde Agosto 2006. Sirvió como Coordinador de la Casa y ahora ha renovado su servicio por un segundo año, durante el cual ayudará a facilitar los grupos de Experiencia de Concentizacion en la Frontera.

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Word Press / front end developer Crossfit Level 1 Trainer White Water Rafting Guide
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